Testimonio de Sor Natividad, HHFSSCC

Os presentamos el testimonio de Sor Natividad Ancheta Rada, Hermana Franciscana de los Sagrados Corazones, que actualmente pertenece a la Comunidad del Colegio Santa Isabel de Marchena (Sevilla).

SALMO 125

Dios, alegría y esperanza nuestra

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

Este salmo expresa y refleja muy bien, el gozo de la Iglesia, de la Congregación, y de cada uno de nosotros, ante el magno acontecimiento de la Beatificación.  En cada una de sus estrofas quedan ya esbozadas las respuestas a las preguntas-guía, que se nos proponían, para animarnos a la preparación de la Beatificación de los16 Mártires y concretamente la beatificación de Madre Carlota.

Tomando como base una reflexión del Papa Benedicto, que hoy hacemos nuestra, podemos afirmar que:

  • La Iglesia, considera que un/a mártir es una persona que muere por la fe religiosa y, en muchos casos, es torturada hasta la muerte.
  • La glorificación de tantos siervos de Dios es una llamada a cada cual, para renovar la fe de nuestras respectivas Congregaciones y de la Iglesia.

En múltiples ocasiones asimilamos el término “mártir” casi exclusivamente,  a los mártires cristianos de los tres primeros siglos, quienes fueron asesinados por sus convicciones religiosas. Sin embargo, ha habido más mártires cristianos en el siglo XX que en el conjunto de los diecinueve siglos anteriores. Y cabe señalar también, que en nuestro siglo XXI continúan las persecuciones religiosas. (Cfr. Benedicto XVI, Carta Apostólica “Porta Fidei”)

Una beatificación no se hace jamás en contra de nadie, no es proclamar la condena o maldad de los otros. Los mártires murieron perdonando a sus perseguidores. Los mataron por el solo hecho de ser católicos, ya fueran sacerdotes, religiosos o laicos, y porque no quisieron apostatar de su Fe para salvar la vida.

La Iglesia simplemente desea exponer a plena luz, ante el mundo, el testimonio de hombres y mujeres que murieron por causa de Cristo. No les admiramos  como héroes, sino como testigos de la Fe. No es la muerte violenta lo que hace que uno sea mártir, sino “la razón o causa” de esa muerte.

Los mártires morían por Jesucristo. Así pues, es Jesucristo la causa y el fundamento de todo martirio. El amor a Dios, y la oración les sostenían.

Eran hombres y mujeres, y en ocasiones jóvenes y niños, valientes: la Oración y la Eucaristía les había hecho fuertes. Y con esa fortaleza, la fortaleza que es un don del Espíritu Santo, afrontaron la muerte con palabras de perdón en los labios, encomendando su vida al Señor y a María y rogando por aquellos que les mataban.

¿Qué nos revela la Beatificación de estos mártires?

  • La proclamación de su martirio es una alabanza a Cristo, que es el Rey de los mártires.

  • También es una proclamación de su Gracia, que les ha hecho fuertes en la adversidad (cf. 2 Cor 1, 14).

La fortaleza es un don del Espíritu Santo y ésta “hace capaz de vencer el miedo, incluso el miedo a la muerte, de afrontar la prueba y la persecución”.

Y no podemos olvidar que ellos perdonaron a sus verdugos.

El mensaje profético que nos deja su martirio es el perdón, la reconciliación y el don de la paz.

La beatificación de nuestros mártires no quiere herir ninguna susceptibilidad, no quiere abrir ninguna herida. Los mártires son “joyas” de la Iglesia.

Los padres de la Iglesia contemplan en la muerte del mártir la consumación de su oblación eucarística. El martirio es la más plena identificación con la ofrenda de Cristo en la Cruz, para la redención del mundo.

La fe del mártir es un reconocimiento absoluto del misterio del Dios viviente. Su muerte re-presenta en su cuerpo mismo la Eucaristía del Señor, ya no sobre el altar, sino en su muerte gloriosa. Y por eso su muerte santifica a la Iglesia y comunica la Gracia de Cristo.

Su muerte adquiere la condición del grano de trigo que, una vez enterrado, da fruto; un fruto de gracia que fecunda a la Iglesia desde dentro y, por esa razón, es necesario que nos encomendemos a su intercesión.

Una Iglesia local, si no quiere perder la memoria de su historia, no puede olvidar a los “hermanos que nos han precedido en el nombre del Señor, dando su vida, incluso martirialmente”.

El martirio es un don para la Iglesia, para que ésta sea edificada. No podemos olvidar las bellas palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia: Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus hermanos (1Jn 3, 16 Jn 15, 13).

Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos cristianos se vieron llamados, y siempre se encontraran otros llamados a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores. El martirio, por consiguiente, les hace semejantes al Maestro que en la Cruz entregó su vida por nosotros, por nuestra salvación.

¿Qué celebramos en una beatificación?

Celebrar la beatificación de los mártires tiene pleno significado cuando los cristianos tomamos el relevo de su fe; cuando tomamos la antorcha encendida de su esperanza y la vivimos en aquella caridad que actúa por la justicia; cuando las comunidades cristianas no escondemos la luz de la fe bajo la mesa, sino que la ponemos en alto, dando testimonio del Dios Viviente, y creemos realmente que la causa de Dios es la causa del hombre, porque la “gloria de Dios es que el hombre viva”. Celebramos que su recompensa será grande en el cielo.

El sentido teológico más profundo de la beatificación está dictado por las palabras de Jesús: “Dichosos vosotros cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 11–12).

En el caminar de la Iglesia por este mundo, el cristiano sabe que siempre habrá una desproporción entre lo que cree y los poderes de este mundo, que quieren ahogar la llamada a la trascendencia y le harán ver como ilusoria su esperanza.

San Agustín dice “que la persecución es un signo de la autenticidad con la que vivimos la fe. Si no hay incomprensión significa que la adecuación con el mundo ya no es diferencial”.

Sí, es preciosa a los ojos de Dios la entrega de la vida, pero también a nuestros ojos, porque nos recuerdan vivamente las palabras del Señor: “En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Esto nos animará a pedir su intercesión, porque se encuentran junto a Dios. Si la Iglesia glorifica a estos siervos de Dios no es para honrarlos, porque no necesitan para nada nuestra gloria sino para recoger la herencia de su testimonio, que nos compromete a ser también testigos del Señor.

La glorificación de estos mártires es una proclamación de paz y de reconciliación. Su martirio es una lección ante la historia y un ejemplo a seguir por los cristianos. Al fin y al cabo, la valentía de los mártires ante la muerte violenta no fue mérito suyo, sino una Gracia de Cristo.

Los mártires nos han de ayudar a todos y cada uno,

a darnos cuenta de que lo único que puede renovar la vida de la Iglesia

es el Espíritu Santo con el ejemplo de los santos.

 

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